La Niebla de La Malladeta

El relato que voy a contarles no nace de la fantasía ni de un capricho por entretener, sino de un hecho real.
Si he guardado silencio ha sido por miedo. Miedo a que me tomaran por loco, a que mis palabras se perdieran entre sonrisas y miradas incrédulas. Ahora, me da igual. Cerca de cruzar el último umbral, no pienso dejar nada en el tintero de mi vida.
Todo ocurrió hace muchos años, en el lejano veintiuno de marzo de dos mil ocho, en el Tossal de la Malladeta.
Por aquel entonces, un grupo de arqueólogos, formado por un equipo hispanofrancés, trabajaba en la zona donde se alza la torre, desenterrando los restos de un antiguo santuario íbero dedicado a la diosa Tanit.
Aquel lugar, que había dormido durante siglos bajo la tierra y el olvido, comenzó a despertar de nuevo:
"Volvió a respirar, volvió a recordar, volvió a renacer"
Aquella noche me era imposible dormir.
Llevaba horas dando vueltas en la cama, atrapado en esa frontera incierta entre el sueño y la vigilia, donde los pensamientos adquieren un peso extraño, casi físico.
La luz de la calle se filtraba por la ventana a través de la persiana, el silencio de la casa apenas roto por el crujido de la madera o el rumor lejano de algún vehículo. Al final desistí.
Me levanté, me vestí, salí a la calle con la absurda intención de agotar el cuerpo para concederle descanso a la mente.
La noche era fresca y húmeda, el aire traía ese olor salobre tan característico de los pueblos costeros. A lo lejos, en la playa, el romper de las olas sonaba apagado, amortiguado por la distancia.Caminé, sin ser consciente de ello, hacia la Malladeta.
Siempre había sentido allí algo difícil de explicar, una mezcla de calma y recogimiento, como si el lugar guardara en su memoria una quietud muy antigua, sagrada, que lo impregnaba todo.
Entonces yo no lo sabía, pero bajo aquella tierra, en lo alto del montículo junto al mar, dormía un santuario íbero con casi dos mil quinientos años de antigüedad.
Apenas había avanzado unos metros cuando la niebla comenzó a entrar desde el mar.
Primero fueron hilos blancos deslizándose entre los pinos; después, una presencia que trepaba lentamente por las laderas, ocultándolo todo a su paso. Desapareció el horizonte, el mar, las rocas y los árboles.
En cuestión de segundos, el mundo quedó reducido a una bruma espesa, casi material.
El silencio se volvió absoluto.
Mis pasos, amortiguados por la tierra húmeda, dejaron de parecerme propios; la niebla absorbía los sonidos y las distancias. Todo tenía la consistencia inestable de un sueño.
Sin embargo, seguí avanzando hacia el santuario.
No supe por qué; quizá porque hay una parte de nosotros que no huye de lo inquietante, sino que lo busca.
Conocía bien aquel lugar desde niño; podía recorrerlo con los ojos cerrados. En mi mente, a modo de una vista satélite, tenía su relieve, la vegetación, los restos dispersos, la torre, la ruina de Villa Giacomina.Pero esa noche nada coincidía del todo con aquello; no era solo la niebla, era otra cosa.
En ese mismo instante percibí el olor a resinas quemadas.
Un aroma denso, antiguo, como el humo de un incensario. Cerré los ojos un instante y algo se agitó en mi interior; no era un recuerdo, sino la certeza de haber estado allí antes, en otro tiempo, en otra forma de conciencia.
Sentí un escalofrío ajeno al frío.
Una presencia.
Un latido profundo bajo la tierra.
Era una sensación honda, de hallarme ante algo sagrado.
Levanté la mirada.
Al principio fue apenas una forma en la niebla, como una ilusión.
Pero, poco a poco, la silueta se definió hasta volverse inequívoca.
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Era una mujer inmóvil.
Detrás de ella, donde debería estar la torre, se alzaba la sombra de otro edificio, más antiguo, iluminado por dos llamas anaranjadas parpadeantes.
Era el santuario.
Estaba viendo el mismo lugar… en otro tiempo.
La mujer descendió lentamente.
No pertenecía a este mundo.
Ni a este momento.
Era una sacerdotisa íbera.
Su silueta se recortaba contra la bruma. Sujetaba con ambas manos un vaso de libaciones. Llevaba un manto rojizo, que parecía moverse con vida propia. Vestía una túnica clara, ajustada a la cintura con cinturones de cuero y pequeñas piezas metálicas que reflejaban destellos cobrizos.
Su cabello oscuro caía sobre los hombros, en gruesas trenzas adornadas con anillas de bronce envejecido. Su rostro, velado por la niebla, apenas se distinguía, pero su presencia transmitía una solemnidad que lo llenaba todo.
No caminaba.
Flotaba.
O quizá era la niebla la que la sostenía.
Alzó lentamente el pequeño vaso ceremonial, decorado con símbolos geométricos,
hacia mí, como si me reconociera, como si hubiera estado esperándome desde hacía siglos.
El aroma a resinas y hierbas quemadas se hizo mucho más intenso.
La bruma vibró apenas un instante.
Aquel perfume antiguo, mediterráneo, me atravesó.
Tuve la sensación de recordar algo vivido hacía miles de años, como si una memoria olvidada hubiese permanecido dormida dentro de mí, esperando aquel instante para despertar.
La sacerdotisa levantó lentamente la mirada. Nuestros ojos se encontraron.
No sentí miedo, o al menos, no el miedo corriente, que uno experimenta ante el peligro.
Era otra cosa.
Una emoción mucho más profunda, difícil de describir, algo parecido a la pequeñez que siente un hombre al contemplar la grandeza de la naturaleza.
De repente, la niebla vibró y el paisaje comenzó a deformarse.
Las sombras de la colina empezaron a poblarse de movimiento; donde antes solo había pinos y piedras, ahora podían distinguirse figuras humanas, ascendiendo lentamente hacia el santuario con antorchas encendidas.
Hombres y mujeres vestidos con túnicas oscuras avanzaban entre cánticos apenas audibles, que se confundían en la niebla.
Escuché el sonido grave de un cuerno.
Después otro.
Y otro más lejano.
La escena entera parecía suspendida fuera del tiempo.
No estaba viendo fantasmas.
"Era el lugar recordando. Era el Numen Loci, la memoria intacta de la tierra, el espíritu del lugar".
La sacerdotisa avanzó.
El humo ascendía a su alrededor; en el vaso ardía una llama azulada.
Y habló.
No con sonido.
Sino dentro de mí:
"Los lugares nunca olvidan"
El viento irrumpió de pronto.
La niebla se desgarró y todo desapareció: el santuario, las figuras, las antorchas y la sacerdotisa.
Volví a estar solo.
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Y de golpe, el mar.
El sonido regresó: las olas, el viento, el olor a sal, el mundo.
Permanecí inmóvil, no sé cuánto tiempo, intentando reducirlo todo a una explicación razonable.
Entonces miré al suelo.
Junto a mis pies había algo. Me agaché y lo recogí.
Era una pequeña cuenta de bronce verdoso, desgastada por el tiempo, grabada con un símbolo solar, exactamente igual al que había visto en el vaso ceremonial.
La sostuve entre los dedos.
Noté un tenue calor en el rostro.
Era el sol.Comenzaba a amanecer.
Un manto de luz anaranjada lo cubrió todo, devolviendo lentamente las formas al mundo; los sonidos regresaban: un coche, un perro, una persiana.
Desde lo alto del Tossal de la Malladeta, junto a la torre, contemple el sol nacer, disolviendo la niebla sobre el mar.
Tuve la certeza de no estar solo.
Apreté la cuenta en la mano; la guardé y emprendí el regreso.
La niebla, ya lejana, se retiraba hacia el sur, como una marea lenta que vuelve a su lugar de origen.
Viendo aquella imagen, lo comprendí.
Hay lugares donde el tiempo no pasa, donde las cosas no terminan de irse:
"Permanecen, tan solo esperan a volver"
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