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viernes, 8 de mayo de 2026

La Ventana - Seis años después


La Ventana - 
Seis años después 

Han pasado seis años desde aquella mañana gris en la que, apoyado en el cristal empañado, creí ver en un rayo de sol la promesa de un mundo mejor. Recuerdo perfectamente cómo aquel haz de luz rompía el cielo oscuro y pensé, con una ingenuidad que ahora me duele, que la humanidad aprendería algo de todo aquello. Que de la fragilidad surgiría la empatía. Que del miedo nacería la solidaridad. Que del encierro brotaría un nuevo sentido de comunidad.

Me equivoqué.

Hoy vuelvo a mirar por la misma ventana, pero ya no hay vaho que borrar ni silencio que interpretar. El mundo exterior ruge, no por sirenas de ambulancias como entonces, sino por un estruendo más profundo, más antiguo, más humano: el del odio que vuelve a despertar. Aquellos días de encierro que creí que nos harían mejores solo fueron una pausa, un paréntesis antes de que regresaran, multiplicados, los mismos fantasmas de siempre.

El fascismo, que muchos dábamos por enterrado, ha vuelto a asomar la cabeza con una naturalidad que asusta. Las guerras, lejos de disminuir, se han extendido como un incendio que nadie quiere apagar. Las políticas egoístas y miopes han sustituido a las promesas de unidad. La injusticia y la desigualdad se han disparado como flechas lanzadas desde todos los rincones del planeta. Y la pobreza… la pobreza se ha convertido en un océano que crece insolidariamente sin que nadie construya barcos.

Aquel rayo de sol que en 2020 me pareció un mensaje de esperanza hoy apenas sería una chispa perdida en un cielo que se ha vuelto más oscuro, más denso, más difícil de atravesar. Las nubes negras ya no son un presagio: son una realidad que cubre el mundo entero, un manto pesado que ni la luz más valiente parece capaz de romper.

Me asomo de nuevo al mar. Ya no busco señales, ni respuestas, ni milagros. Solo observo. El agua sigue moviéndose, indiferente a nuestras guerras y a nuestras torpezas. El cielo sigue cambiando de color sin pedir permiso. La naturaleza continúa su curso, como si quisiera recordarnos que somos nosotros, no ella, quienes hemos perdido el rumbo.

Y sin embargo, en medio de este desencanto, hay algo que permanece: la necesidad de mirar, de recordar, de escribir. Quizá ya no crea que el mundo será mejor, pero sí creo en la importancia de dejar constancia. De no olvidar. De no rendirse del todo.

Porque aunque aquellos rayos de luz ya no tengan la fuerza de antes, aunque el cielo esté cubierto y el futuro parezca más incierto que nunca, sigo pensando que la esperanza no siempre llega como un estallido. A veces es apenas un rescoldo, una brasa diminuta que se niega a apagarse.
Y mientras quede una sola brasa, aunque sea pequeña, aunque apenas ilumine, aunque no pueda romper el manto de nubes… seguiré mirando por la ventana, con la expectativa de ver una humanidad mejor.

Gordon Pym


 30 de marzo 2020 
Microrrelato escrito para iniciativa relatos de la pandemia.


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